Cuando se bucea en apnea, el hecho de querer economizar aire puede empujarnos a no espirarlo soltándolo en la cavidad que dejan las gafas. La solución es, o usar gafas de pequeño volumen para llenarlas enseguida con el aire de los pulmones, o usar gafas de mucho volumen para que se note menos la disminución del volumen de aire contenidos en ellas. Normalmente se aconsejan las de pequeño volumen por si además hay que hacer la maniobra de vaciado de gafas. La succión de las gafas se produce como consecuencia directa de la Ley de Boyle-Mariotte.
El aire atrapado en ellas está sometido a un aumento de presión conforme descendemos. Esto provoca que disminuya de volumen y que apriete las gafas contra la cara. Si no metemos más aire en este espacio cada vez más reducido terminaremos la inmersión con signos más o menos alarmantes de dicho efecto ventosa.
A pesar de que es un accidente benigno, el aspecto de la cara del buceador que lo ha padecido puede ser bastante alarmante, pudiendo presentarse uno o varios de los siguientes efectos: enrojecimiento del rostro, hematoma en el contorno de las gafas, epistaxis (sangrado por la nariz) y rotura de vasos sanguíneos oculares conjuntivales. Para prevenir este accidente basta con ir soplando por la nariz a medida que notemos la más ligera presión sobre la cara.
Por supuesto, los descensos deben ser lentos y progresivos. Y en el caso de que se tenga facilidad para el sangrado nasal, es preferible usar gafas de gran volumen, pues acusan menos el efecto de la reducción de volumen de aire.