Llega el calorcito y los alrededores de Ushuaia se colorean de verde, creando un paisaje veraniego para explorar a pie, en canoa, en 4x4 o buceando en el Canal de Beagle. El verano fueguino propone excursiones por agua hacia la estancia Harberton, en vehículos todo terreno al Lago Fagnano y un tradicional trekking en el Parque Nacional Tierra del Fuego.

Simplificando un poco las cosas, se podría decir que Tierra del Fuego en invierno es totalmente blanca, en otoño roja y amarilla gracias a las lengas y ñires, y verde en verano. Por eso ir en busca del “paisaje del fin del mundo” en cada estación del año es como viajar a un lugar diferente cada vez, con los mismos paisajes tan cambiados que se vuelven irreconocibles.
Especialmente en verano, la provincia justifica un viaje con tiempo suficiente para salir a explorar los alrededores de Ushuaia y compenetrarse con el paisaje patagónico sin las urgencias del clásico paquete de tres días. Algunos de estos rincones naturales casi vírgenes son de una belleza asombrosa, que durante el resto del año permanecen ocultos bajo la nieve. Y para alcanzarlos hace falta, eso sí, un mínimo de esfuerzo físico: salir a caminar por el bosque y la montaña, palear suavemente con los remos de una canoa, sumergirse en las aguas del Canal de Beagle o simplemente subir a una camioneta 4x4 y dedicarse a ver pasar el paisaje.


EN LA PROFUNDIDAD AUSTRAL Muchos buceadores que han curioseado bajo los mares del mundo llegan hasta Ushuaia casi exclusivamente para darse el gusto de bucear en las aguas más australes del planeta. “Todos mis compañeros de buceo tienen sellos en su libreta certificando que se han sumergido en casi todos lados, pero este que recién me pusiste no lo tiene casi nadie”, le dijo una vez a Carlos Giuggia –experimentado guía y buzo local– un viajero llegado de Croacia. El buceador en cuestión había llegado desde su país con el equipo completo para sumergirse en las aguas del “fin del mundo”. Pero no es mera excentricidad, sino la posibilidad de ejercitar esa extraña afición en medio del mundo subantártico, con una flora y fauna que no existen en ningún otro lugar.
Lo que se ve por debajo del Canal de Beagle es la antítesis de la exuberancia de colores que estallan en las aguas del Caribe. Es un paisaje con un ascetismo patagónico que está en sintonía con lo que se ve en la superficie. Pero no por eso deja de ser interesante ni carece de una belleza muy particular. Y por supuesto no se bucea en soledad. La pieza más preciada de ver tras las antiparras es la famosa centolla, ese cangrejo gigante y rojo que por fortuna no se hace desear y aparece varias veces por jornada de buceo. Hasta se los puede ver a veces formando un pequeño ejército de acorazados que se desplaza por el fondo del mar.
Ushuaia Divers es la empresa que organiza las salidas, tanto de bautismo para gente sin experiencia como para los buzos certificados. La zona no es peligrosa –al contrario, el canal es muy reparado y tranquilo–, pero quienes no tengan experiencia deben hacer una práctica previa en un sector sin profundidad.
Aunque las aguas son frías, se utilizan trajes secos de neoprene reforzado que cubren todo el cuerpo salvo la nariz y la boca, manteniendo al buceador totalmente aislado de la temperatura ambiente. La excursión parte en un barquito desde la Bahía de Ushuaia rumbo al Canal de Beagle. La zona que se utiliza para bucear está en las Islas Bridges, que ofrecen lugares reparados del viento y una serie de alternativas ideales para varios descubrimientos a lo largo de las dos inmersiones que se realizan por jornada.
En general se desciende al fondo del canal por un cabo que resulta ser casi como un ascensor que lleva hacia una nueva dimensión. Al comienzo esta dimensión, donde los movimientos son torpes, produce un rechazo natural. Allí abajo ya nadie tiene los pies sobre la tierra ni camina erguido, sino que se desplaza de forma horizontal, como un Superman avejentado.
Bajo el agua todo es silencio puro, salvo el burbujeo de la respiración. Y poco a poco comienzan a aparecer las extrañas criaturas del fin del mundo. Según los días y el lugar, las centollas se hacen presentes una tras otra y se las puede agarrar con la mano con cierta facilidad. El aura única y misteriosa de este universo está marcada por la aparición de los cachiyuyos, unas plantas submarinas que germinan en el fondo del mar y crecen rectas buscando las alturas como en el cuento de “Las habichuelas mágicas”, cuyas enredaderas llegaban hasta el cielo.
A lo largo del fino tallo de los cachiyuyos –de hasta 18 metros de largo– crecen unas hojas desproporcionadamente largas y puntiagudas que miden hasta un metro y medio. Con algo de lianas en su aspecto, crecen cerca de los roquedales con su extremo flotando en la superficie.
La especie más común de encontrar son las estrellas de mar, cuyas variedades miden entre tres y 20 centímetros, con colores que oscilan entre el violeta, el verde y el gris. Cada tanto aparece alguno de esos extraños caracoles con pinzas que son en verdad los cangrejos ermitaños: y si se elige como lugar de buceo algún sitio cercano a la Isla de los Lobos, es probable que aparezca algún lobo marino para observar qué hay detrás de la máscara de ese extraño ser que burbujea bajo las aguas. También puede pasar, nadando como un rayo, algún pingüino en son de caza.
Para los buzos avanzados existe la alternativa de curiosear un poco entre los restos del famoso Cervantes, un crucero alemán que se hundió en 1930. Al aproximarse al casco –dado vuelta luego de un fracasado rescate– se observa su planchada de hierro, que quedó inclinada sobre una ladera sumergida que va de los 25 a los 70 metros de profundidad.


A REMO POR EL BEAGLE Una de las excursiones más completas para compenetrarse con la naturaleza y la historia de Tierra del Fuego es la visita a la estancia Harberton, llegando en canoa por el Canal de Beagle. La aventura comienza en vehículo desde Ushuaia por la RN3, cuyo kilómetro cero está en la Plaza Congreso en Buenos Aires y termina en la Bahía Lapataia. A 45 kilómetros de Ushuaia se toma un desvío que conduce hasta el río Larsifasha. Allí se descargan las canoas inflables y rápidamente el grupo ya está remando por los caracoleos del río en medio de la aridez del paisaje. En total son 40 minutos sobre las canoas para seis personas, y si las condiciones climáticas son buenas se desemboca en el legendario Canal de Beagle.
A lo largo del trayecto desfila lo más característico de la flora y fauna de Tierra del Fuego. Los árboles que predominan son de la familia de los nothofagus: lengas en su gran mayoría, ñires en las zonas más ventosas y guindos en las partes húmedas. Entre las aves se ven cauquenes y avutardas, varias clases de patos como el vapor, el crestón, el overo y el cuchara, y también chimangos, caranchos e incluso algún cóndor.
Al salir al Canal de Beagle aparecen las gaviotas y gaviotines sudamericanos, albatros, algún pingüino que pasa nadando al costado de la balsa, lobos marinos y coloridos cormoranes roqueros e imperiales en los islotes de piedra.
Si se ingresa en el canal, la remada dura una hora cuarenta, hasta llegar a la bahía de la estancia Harberton. En caso de no salir al canal se desembarca un poco antes de la desembocadura y se hace el último trecho caminando.
En esta histórica estancia pionera de la colonización blanca de Tierra del Fuego se hace un recorrido por el antiguo casco, muy diferente de los de las estancias de la provincia de Buenos Aires, donde la arquitectura se define por el confort y el lujo, mientras que ésta fue pensada en función del trabajo y la producción. Por eso sus edificios son sencillos y vetustos.
En un comedor de la estancia el grupo de remadores descansa y entra en calor mientras saborea una picada con queso, fiambres, sandwiches y vino. Luego del liviano almuerzo la excursión continúa, también por agua, rumbo a la cercana Isla Gable, en pleno Canal de Beagle. Luego de cruzar toda la isla se llega a Puerto Mcingley, donde el Zodiac ya está esperando para navegar hasta la Isla Martillo para observar desde muy de cerca la única colonia de pingüinos del Canal de Beagle. El regreso a Ushuaia es nuevamente en vehículo, y en el camino hay otra parada dentro de la estancia para observar los extrañísimos árboles bandera. Estas curiosas lengas fueron moldeadas por el viento, dobladas y estiradas al máximo, como una bandera petrificada en el momento de su máxima tensión.


EN 4X4 AL LAGO FAGNANO Una travesía en 4x4 fuera de ruta en Tierra del Fuego es una excursión de aventuras cuya ventaja principal es que el viajero no debe realizar el más mínimo esfuerzo, salvo sujetarse bien fuerte. Uno de los circuitos más interesantes es el que llega hasta el lago Fagnano, de 100 kilómetros de extensión. Es el más grande de la isla y está rodeado por montañas que en verano muestran su base de piedra negra al desnudo, mientras en la cumbre se mantienen siempre cubiertas de blanco.
El paseo comienza por la RN3, a través de la Cordillera de los Andes fueguina, pero la aventura realmente empieza cuando la camioneta se desvía por senderos intransitados abiertos por antiguos leñadores. El ondulado camino avanza por un umbroso bosque de lengas, unos árboles que se ramifican recién en lo alto para captar la mayor cantidad del escaso sol, tapando así el cielo. Cuando aparecen árboles caídos obstruyendo el paso, nuestro guía se baja –hacha en mano– para correrlos del camino. Finalmente descendemos hasta el lago y comenzamos a recorrer la orilla pedregosa hasta que otro gran tronco, esta vez imposible de mover, nos obliga a entrar en las aguas del lago para continuar bordeando la costa, mientras las olas golpean las puertas de la camioneta y salpican los vidrios. Ya es hora de comer y comienzan los preparativos para lo que, en opinión de muchos, es la parte más importante de la excursión: el asado. Los guías acumulan leña seca junto a un arroyo, mientras los viajeros se van entonando con un vino tinto y una picada con salame y queso. A media tarde se emprende un regreso no exento de emoción. Tras una curva la camioneta queda irremediablemente atascada en un pozo de barro, del cual los guías la liberan con la fuerza del malacate, una especie de grúa con un motor independiente que la 4x4 lleva sobre el paragolpes delantero.


TREKKING EN EL PARQUE El Parque Nacional Tierra del Fuego está surcado por varios cordones montañosos paralelos entre sí, separados por profundos valles que alguna vez albergaron inmensos glaciares. Los hielos se retiraron lentamente, hace miles de años, y queda en su lugar un paisaje de montañas con un intenso verde en sus faldeos bajos.
El Parque Nacional tiene ocho circuitos por donde el viajero puede internarse libremente (un día entero no alcanza para explorarlos todos). Uno de los más visitados, por ser representativo y fácil de acceder, es la Senda Laguna Negra. El circuito mide un kilómetro y es ideal para ver la formación de un turbal, ese fenómeno tan característico de Tierra del Fuego. De hecho la Laguna Negra es un turbal formado en la depresión dejada por un milenario glaciar.
A pocos metros de la Senda Laguna Negra, cruzando el puente sobre el río Ovando, el recorrido empalma con el Paseo del Mirador, que ofrece una espectacular vista de la Bahía Lapataia desde lo alto. Hasta El Mirador se recorren 500 metros a pie y luego espera un trecho similar en bajada conocido como Paseo del Turbal.
Finalmente se desemboca en la famosa bahía, uno de los lugares más hermosos del parque. Allí tomamos contacto con fauna autóctona como los cauquenes, esos gansos salvajes emblemáticos de la Patagonia que siempre andan en pareja: el blanco es el macho y la hembra es de color negro. En la Bahía Lapataia un significativo cartel advierte sobre la verdadera dimensión del lugar: “Aquí termina la Ruta Nacional 3. Buenos Aires 3063 km Alaska 17.848 km”. Un poco más allá se termina el mundo


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