Uno de los destinos más agrestes y menos conocidos está a 88 kilómetros de Puerto Deseado, en la provincia de Santa Cruz, y es desde hace 94 años el vigía de la zona y luz de esperanza para los navegantes.

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El faro de la Reserva Natural Cabo Blanco, uno de los destinos más agrestes y menos conocidos de la Patagonia argentina, a 88 kilómetros de Puerto Deseado, en la provincia de Santa Cruz, es desde hace 94 años el vigía de la zona y luz de esperanza para los navegantes.

La imponente mole, de 87 metros de altura y un alcance lumínico de 14 millas náuticas, fue puesto en marcha el primero de noviembre de 1917.

La instalación de esa torre de color ladrillo, construida en Francia, fue "un gran acontecimiento", recordó la Dirección Municipal de Turismo de Puerto Deseado.

Un desvío hacia el norte de esta ciudad -unos 80 kilómetros- conduce a Cabo Blanco, en el Golfo de San Jorge, una importante reserva de avifauna marina y uno de los mayores apostaderos de lobos marinos de dos pelos en toda la costa patagónica.

RUTA AZUL
El sitio forma parte de la llamada "Ruta Azul", un recorrido que sigue el curso de la Ruta Nacional 3, que atraviesa gran parte de la costa patagónica y une áreas naturales protegidas y reservas de fauna marina de las provincias de Chubut y Santa Cruz.

El cabo, de perfecto color blanco, está unido al territorio continental por un tómbolo (acumulación de sedimentos) y coronado por el gran faro, que a principios del siglo XX fue el centro convocante del pueblo creado en torno a una mina y una gran salina.

Ambas actividades convirtieron a la región en una importante fuente de riquezas relacionadas también con la producción ovina: la conservación de las carnes y el cuero era a través del salado.

El pueblo, hoy fantasma, está a escasos kilómetros y puede visitarse para recordar a los pioneros que desafiaron a esas tierras desoladas y barridas por el viento.

PAISAJE BELLISIMO
El trayecto a pie hasta el faro dibuja un paisaje bellísimo: acantilados que se recortan detrás de lomadas verdes y alternan con extensas llanuras, en una imagen que recuerda a las postales costeras de Escocia.

Es que la historia de este paraje de ensueño, comenzó mucho antes de la instalación del faro. Cuatrocientos años antes, habían pasado por allí distintos navegantes lanzados al mar con el objetivo de medirle la cintura al mundo.

Entre muchos otros, el portugués Hernando de Magallanes; el inglés Francis Drake; el neerlandés Olivier Van Noort y también naturalistas como el francés Henry Cavendish y el británico Charles Darwin.

De hecho, fue Magallanes quien en 1520 bautizó al sitio como "Cabo Blanco" tras avistar los tres morros rocosos de color blanco producidos por el guano de los graciosos cormoranes. Desde entonces, este particular accidente geográfico comenzó a figurar en las cartas de navegación.

Pero los primeros habitantes del cabo fueron los indígenas tehuelches, de quienes se hallaron anzuelos, arpones de hueso y puntas de flecha en distintos sitios arqueológicos de los alrededores, que datan de hace unos 3.000 años, según determinaron estudios científicos.

La belleza natural de este sitio se aprecia en todo el recorrido que lleva hasta el faro. La aventura es más intensa en su interior pues para llegar a lo alto hay que subir una escalera caracol de 100 escalones.

Sólo desde allí se pueden ver las caletas e islotes rocosos habitados por lobos marinos, y a las orcas haciendo piruetas en mar abierto.


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